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Sepa vuesa merced que, no ha mucho que siendo medianoche, en sueño y en silencio, sentí el inoportuno reclamo del orinal. Dejemos a un lado los preámbulos.

Cierto es que, mientras aliviaba mi vejiga, fui testigo de una gran azaña, equiparable sin duda a la del ejército cartaginés cruzando los Alpes o a nuestro mismísimo Gran Capitán clavando la pica en Flandes. Creí yo haber empapado mis atavíos, y nada más lejos, pues seguían tan secos como en ellos es costumbre, como si la suerte, jocosa, se burlara de mi persona, como si fueran mis vestimentas, las de un fantasma que atraviesa los muros de un viejo palacio. Este extraño suceso trajo a mi memoria el recuerdo de aquella vez en la que, haciendo bailar un cordel mientras orinaba, éste, por obra divina, no fue salpicado en absoluto.

En otra ocasión, pude divisar en el firmamento un artefacto volador de sinuosos contornos que desapareció repentinamente, cuya extraña forma me era, al mismo tiempo, familiar por razones que no llego a comprender.

Y eso es todo, ahora quisieran tener el placer de leer mis ojos con enorme gratitud la historia que vuesa merced tenga guardada en sus adentros.

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